Arthur, inquieto por las palabras que Valentina le había gritado días atrás y por la creciente presión de los medios, caminaba por el gran salón. Necesitaba respuestas, o quizás, simplemente necesitaba descargar su frustración con alguien que sí pudiera controlar.
—¡Marta! —llamó a una de las sirvientas con voz imperiosa. La mujer apareció casi al instante, ajustándose el delantal.
—Dígame, señor Fairchild.
—Busca a Verónica. Dile que necesito hablar con ella en mi despacho ahora mismo.
La sirv