Colgó sin despedirse. Verónica, lejos de sentirse ofendida, chilló de emoción y lanzó el teléfono sobre la cama, celebrando su pequeña "victoria". Como no tenía tiempo de ir a una boutique, revolvió su armario hasta encontrar un vestido rojo escarlata, demasiado ajustado y llamativo, que gritaba desesperación por atención. Se maquilló con esmero, ocultando cualquier rastro de duda bajo capas de base y polvo.
Cuando Edward llegó, ni siquiera bajó del auto para abrirle la puerta. Verónica subió,