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Se sentía un cobarde. Un hombre que se enfrentaba a tiburones financieros a diario, pero que no tenía el valor de decirle a su esposa que se estaba muriendo.

El teléfono privado en su escritorio sonó, sacándolo de su tormento. Vio el nombre en la pantalla y tensó la mandíbula. Era su padre.

—¿Sí? —contestó Declan, sin ánimos para formalidades.

—¿Has visto los titulares de esta tarde, Declan? —la voz de su padre sonó grave, sin el histrionismo de Eleanor, pero con una autoridad mucho más pesada
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