El regreso a la consciencia fue lento y doloroso, como emerger de un pozo de alquitrán. Abrió los ojos y el doctor estaba inclinado sobre él, con el rostro más severo que jamás le hubiera visto, era el Dr. Aris.
—Ni se te ocurra moverte rápido. Acabas de colapsar, Declan. Tu cerebro te está gritando que pares y tú sigues tapándote los oídos.
—Solo fue un mareo... el estrés por la llamada con mi madre —murmuró Declan, aunque sentía el cuerpo como si le hubieran dado una paliza.
—No fue un mareo