Valentina salió del salón de té con la espalda recta y el mentón en alto, sosteniendo una máscara de dignidad que se desmoronó en el mismo instante en que cerró la puerta del auto. El trayecto a casa fue un borrón de luces y ruidos; el temblor en sus manos no se detenía y las lágrimas, gruesas y calientes, comenzaron a rodar por sus mejillas. Se sentía sucia, agredida en lo más profundo de su ser por las palabras de Eleanor.
Al llegar al Penthouse, no saludó a nadie. Se encerró en su habitació