El encuentro con Eleanor Westerfield fue en un exclusivo salón de té, un lugar donde el silencio costaba una fortuna y las miradas juzgaban más que las palabras. Cuando Valentina llegó, vio a su suegra sentada junto a una ventana, impecable, rígida, como una reina de hielo. Era la primera vez que se veían en persona.
—Siéntate —pidió Eleanor sin levantarse, barriendo a Valentina con la mirada de arriba abajo, deteniéndose con desprecio en su vientre abultado.
—Buenas tardes, señora Westerfield