Dorian se miraba al espejo del vestidor, ajustándose una corbata de seda que valía más que el alquiler mensual del apartamento de Mila. Sin embargo, sus manos, usualmente firmes en las mesas de negociación más agresivas de la ciudad, temblaban ligeramente. Se sentía como un adolescente en su primera fiesta. Había salido con modelos, herederas y mujeres de la alta sociedad, pero ninguna le había provocado este nudo de anticipación en el estómago. Mila era distinta; no buscaba impresionarlo, no c