Mientras el auto de lujo de Dorian se deslizaba por las calles casi vacías de la ciudad, el silencio dentro de la cabina no era incómodo, sino expectante.
Dorian manejaba con una lentitud inusual, como si quisiera estirar cada segundo antes de llegar al modesto edificio de Mila. Ella, por su parte, miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad reflejarse en el cristal, sintiendo un torbellino de emociones. Había sido una noche perfecta, pero el fantasma de las advertencias de Adriana —"e