La ciudad parecía conspirar contra Dorian aquella mañana. El reloj del tablero de su auto marcaba una hora que lo ponía en jaque: llegaría tarde a una junta de inversión que no admitía retrasos. Manejaba con una urgencia casi temeraria, esquivando el tráfico pesado tras una noche de lluvia que había dejado el asfalto lleno de trampas líquidas.
De repente, el impacto. Una de las ruedas delanteras cayó con un estruendo seco en un bache profundo, oculto bajo una capa de agua turbia. El vehículo di