La mañana del martes se sentía cargada de una electricidad pesada. Declan no había pegado el ojo, procesando la información de Mila, cuando la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Eleanor Westerfield entró con un aire de desesperación que rozaba la humillación, muy lejos de la frialdad aristocrática que solía ostentar.
—Declan, hijo, por favor... —comenzó ella, juntando las manos en un gesto de súplica—. Tienes que rectificar. Tienes que darle una oportunidad a Lorena. No podemos tir