La pantalla del teléfono iluminaba el rostro cansado de Valentina en la penumbra de su habitación en Florencia. Del otro lado, en la calidez de su hogar en la ciudad, Mila observaba a su amiga con el corazón en un puño.
—Fue solo un susto, Mila, de verdad —decía Valentina, intentando forzar una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Me descompensé un poco en la calle, pero una persona amable me ayudó. Fui a la clínica y me dijeron que necesito reposo. Los bebés están bien, eso es lo único que impo