Eleanor permanecía inmóvil, con el rostro desencajado, mientras su hijo la observaba como si fuera una desconocida. La traición tenía un sabor metálico y amargo que Declan no podía tragar.
—¡Declan, escúchame! Todo lo que hice fue por el bien de esta familia, por el prestigio de tu apellido... —comenzó Eleanor, intentando recuperar su máscara de compostura, pero su voz temblaba con una fragilidad patética.
—¿El prestigio? —rugió Declan, y su risa seca fue más aterradora que un grito—. ¡Hablas d