En la mansión Westerfield, el aire era tan denso que costaba respirar. Silas Westerfield permanecía sentado tras su escritorio de roble, sosteniendo el teléfono con una mano que delataba su cansancio. Del otro lado de la línea, el padre de Lorena Miller hablaba con una voz cargada de una humildad que nunca antes había mostrado.
—Silas, esto es... es una tragedia para ambas familias —decía el magnate Miller—. No tenemos cómo justificar la conducta de nuestra hija. El engaño, ese hombre... Lucas