El refugio de paz que Verónica había intentado construir en su escapada se desmoronó en el segundo en que cruzó el umbral de la mansión Fairchild. Al encender su teléfono, la cascada de notificaciones la golpeó como una bofetada física. Las redes sociales, los grupos de chat y los titulares de prensa no hablaban de otra cosa: Valentina no era una Fairchild.
Verónica no fue a su habitación a dejar las maletas. Caminó con paso firme y taconeo errático hacia el estudio de Arthur. La furia le encen