Lo primero que sentí fue calor.
Un calor suave. Tranquilo.
Nada que ver con el frío de la lluvia que había empapado mi cuerpo durante horas.
Parpadeé varias veces antes de incorporarme un poco.
Estaba acostada sobre una cama sencilla, cubierta por una manta gruesa. La habitación era pequeña, construida casi por completo en madera. Había una ventana junto a la pared, una cómoda antigua y una cruz colgada sobre la puerta.
Todo olía a limpio.
Fruncí el ceño.
—¿Dónde estoy...? —murmuré.
La puerta