(Narrado por Viktoria)
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.
Horas.
Quizás más.
La lluvia seguía cayendo sobre mí, empapándome hasta los huesos. Mi abrigo pesaba cada vez más. El agua se escurría por mi cabello, por mi rostro, por mis manos heladas.
Pero seguí caminando.
Porque detenerme significaba pensar.
Y si pensaba demasiado, terminaría derrumbándome.
Las calles de Nápoles quedaron atrás. Los edificios dieron paso a carreteras secundarias, a campos abiertos, a un horizonte que no prome