Llegué al supermercado sin saber muy bien cómo. Mis piernas se movían por inercia, mi mente seguía atrapada en aquella carpeta, en aquel nombre, en aquella verdad que me quemaba por dentro.
Rosa me esperaba junto a la entrada, con una bolsa en la mano y el ceño fruncido. En cuanto me vio, su expresión cambió. Dejó la bolsa en el suelo y me agarró de los brazos.
—Señorita, ¿qué ha pasado? Está usted pálida como un fantasma.
—Yo...
No pude terminar. Las lágrimas me traicionaron. Se me escaparon s