Los días seguían pasando.
Y yo seguía sintiéndome extraña.
Las náuseas iban y venían. Los mareos también. Y aunque intentaba convencerme de que era estrés, cada día me costaba más creer mi propia mentira.
Además, Ciro seguía tan ocupado que apenas lo veía.
La guerra con los Volkov consumía cada minuto de su tiempo.
Por eso, cuando Rosa apareció una mañana en la puerta de mi habitación, agradecí la distracción.
—Señorita Viktoria, ¿quiere acompañarme a hacer las compras de la semana?
Levanté la