Los días en el hospital se convirtieron en semanas.
Cada mañana, Henrik y yo íbamos a la unidad neonatal. Nos poníamos las batas estériles, los gorros, las mascarillas. Y pasábamos horas junto a la incubadora, viendo cómo nuestro hijo crecía. Cómo ganaba peso. Cómo sus pulmones se fortalecían. Cómo sus pequeños puños se agarraban a nuestros dedos con una fuerza que no correspondía a su tamaño.
—¿Ya han pensado en el nombre? —nos preguntó una enfermera una mañana.
Henrik y yo nos miramos. Lleváb