Cruzamos la entrada de la mansión.
El vestíbulo seguía igual. Las mismas lámparas de cristal. Los mismos cuadros en las paredes. Los mismos suelos de mármol donde había sentido miedo, humillación, rabia. Pero también donde Henrik me había sostenido. Donde me había besado. Donde me había dicho que me quería.
Marga nos recibió con una sonrisa enorme y los ojos húmedos.
—¡Señorita Laira! ¡Señor Henrik! ¡Bienvenidos a casa!
—Gracias, Marga —dije, dejando que me abrazara.
Pero mientras ella parlotea