La capilla quedó en silencio después de su respuesta.
Las velas seguían ardiendo sobre el altar. La cruz proyectaba una sombra alargada sobre el suelo.
Y Ciro permanecía sentado mirando al frente.
No dije nada. No hacía falta. Sabía que cuando estuviera listo, hablaría.
Luego Ciro soltó una pequeña exhalación.
—A mi madre la mataron una noche de invierno —dijo, con una voz que no parecía la suya—. Ella volvía de la iglesia. Siempre iba a misa los domingos, aunque mi padre se burlara de ella. Es