No tenía idea de qué estaba pasando.
Solo sabía que Francesca Bianchi acababa de entrar en aquella sala como si fuera dueña del lugar.
Y, por alguna razón, Ciro no parecía sorprendido.
Permanecí escondida detrás del enorme arreglo floral mientras observaba.
Francesca caminó hasta el centro de la estancia. Los tacones resonaron sobre el mármol y todas las miradas se clavaron en ella.
—Creo que todos me conocen aquí —dijo con tranquilidad.
Nadie respondió.
—También creo que todos saben que no ten