Desperté con el sol en la cara y el sofá vacío.
Dante ya no estaba. La almohada seguía en su sitio, apenas arrugada, como si nunca hubiera dormido allí. Las velas se habían consumido hasta convertirse en charcos de cera. El vestido de novia seguía puesto, hecho un desastre de encaje y pedrería arrugada. Me miré al espejo: tenía el rimel corrido y el pelo parecía un nido de gorriones.
La novia perfecta.
Me duché rápido. Encontré ropa en el armario, vestidos sencillos que no había elegido yo pero