El desayuno resultó ser menos incómodo de lo que esperaba.
No porque Dante hubiera dejado de observarme.
Seguía haciéndolo.
Estaba sentado frente a mí, con una taza de café negro entre las manos y el periódico abierto sobre la mesa. Cada pocos minutos levantaba la vista. No decía nada. No necesitaba hacerlo.
Yo sabía que estaba ahí.
Esperando que cometiera un error.
La mesa era demasiado grande para dos personas. Había fruta, pan recién horneado, huevos, zumo y más comida de la que podría proba