Dormí poco esa noche también.
No por el miedo a lo que ocurriría al día siguiente. Sino porque, por primera vez en mi vida, deseé que amaneciera lo más tarde posible.
Pero el sol salió igual.
Y con él, una empleada llamó a mi puerta.
—Señorita Laira, comience a prepararse.
La empleada entró, dejó sobre la cama un vestido blanco sencillo pero hermoso, zapatos y también ropa interior.
Además de eso una bandeja sobre la mesa de la habitación donde había una variedad que jamás pensé ver de frutas