La mujer se giró hacia Henrik, le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un beso en la mejilla con la naturalidad de quien ha hecho ese gesto cientos de veces. Él no la apartó. Tampoco le devolvió el abrazo. Simplemente se quedó quieto, con los brazos a los costados, como un árbol que soporta el viento sin moverse.
—Te he extrañado —dijo ella en voz alta, lo suficiente para que yo la oyera—. No vuelvas a ignorar mis llamadas, ¿de acuerdo?
Henrik murmuró algo que no entendí. Ella se colgó de