No dormí bien, ni aunque estaba sobre sábanas de seda.
Me desperté varias veces durante la noche, sobresaltada por el silencio. En mi casa siempre había ruido: los ronquidos de Samuel, la tos de Juan, las canciones que Lucía tarareaba incluso dormida. Pero aquí no. Aquí el silencio era tan espeso que me costaba respirar.
Cuando una empleada llamó a la puerta, ya estaba despierta. No me había cambiado. Seguía con la misma ropa del día anterior, arrugada y sudada. No me importaba. No tenía nada