Me quedé mirando la funda cerrada sobre la cama.
El vestido seguía allí dentro. Blanco. De encaje. Con una cola que parecía no terminar nunca. El vestido con el que Sara caminaría hacia Henrik dentro de unas semanas. Y yo lo había tenido entre las manos. Lo había tocado. Había sentido su suavidad.
Como si fuera mío. Como si pudiera ser mío.
La puerta se abrió sin llamar. Henrik entró con el semblante relajado, todavía con la sonrisa de la tarde. Pero al verme de pie junto a la cama, con la fund