Los días pasaron y la mansión se transformó.
Ya no era la casa fría y silenciosa donde había llegado hacía meses. Ahora era un hervidero de gente. Diseñadores, floristas, joyeros, organizadores de eventos. Entraban y salían a todas horas con carpetas llenas de muestras y catálogos. El vestíbulo olía a perfume caro y a flores frescas. Las mesas del salón estaban cubiertas de telas, de tarjetas de invitación, de listas interminables de invitados.
La boda de Henrik y Sara se preparaba a lo grande.