—No deberías tocar las cosas que escondo.
La voz de Ciro me heló la sangre. Me giré. Estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que no supe leer.
—Lo siento —dije, cerrando el cajón—. El cajón estaba abierto. No debí mirar.
—No. No debiste.
—Pero ya está hecho. No volverá a pasar.
Ciro me miró un momento. Luego suspiró.
—Está bien. No pasa nada.
Se acercó, cerró el cajón con llave y la guardó en el bolsillo. Luego me miró de arriba abajo, evaluando mi e