No pude dormir.
La habitación estaba en silencio. Las cortinas apenas se movían con el viento de la madrugada y la lámpara junto a la cama seguía apagada, dejando todo sumido en sombras azuladas.
Llevaba horas acostada, mirando el techo.
La camisa negra de Ciro me quedaba enorme. Las mangas cubrían parte de mis manos y el olor a sándalo seguía impregnado en la tela. Era ridículo lo mucho que ese olor me afectaba ahora.
Cerré los ojos un instante.
Y volví a ver la fotografía.
El niño de ojos bri