—Esto tiene que hacerse ahora. —me dijo mi mamá, sacándome de mis pensamientos mientras me entregaba el arma. Miré la pistola negra en mi mano, sintiendo su peso. No era ajena a las armas ni a ningún tipo de armamento. Pero el hecho de que pudiera usarlas no implicaba que me gustara.
—Papá, que los saquen y los aten de rodillas en el cuarto rojo. —dije mientras me hacía a un lado, viendo cómo la puerta de la prisión se abría de nuevo y algunos de nuestros hombres entraban para ayudarlos.
Héctor