—No sabes nada de mí. Y no soy yo quien necesita protección de quien ordenó tu asesinato. ¿O sí? Así que crees que me conoces, pero te equivocas. Lo que crees saber de mí es solo lo que yo permito que se sepa. —Le dije mientras me separaba de la pared y me movía a su alrededor, entonces me agarró la muñeca.
Movimiento equivocado, amigo.
Saqué otra navaja y la apunté a su garganta. Sus ojos verdes se iluminaron cuando la punta de la hoja tocó su piel, sin llegar a cortarla. Solo lo suficiente pa