—Pero, ¿Candy? ¿La dulce y pequeña Candy? Dios mío, necesito escuchar esto. Espera, puaj, no, mejor no —me estremecí al darme cuenta de lo que acababa de decir. Era asqueroso y perturbado. No necesitaba saber sobre las hazañas sexuales de mis hermanos, muchas gracias.
—Vale, niños, tranquilizaos. Sí, vuestros hermanos son unos perros calientes. Déjalos en paz, Ángel. Además, tenemos problemas más grandes que con quién se han estado acostando —le resultaba fácil decirlo. Papá solía ser el mayor p