Las antorchas crepitaban en el claro como testigos ansiosos. Tania subió al estrado con la seguridad de quien ya escribió el final de la historia. Sus palabras brotaron ceremoniosas:
—La manada respira de nuevo. Hemos pagado el precio del orden. La Luna ha visto y ha juzgado.
Aplausos contenidos. Algunos rostros se iluminaron con alivio; otros murmuraron sin demasiado entusiasmo. La loba joven, que días atrás había dejado el cántaro a Tala, permaneció inmóvil en la muchedumbre. No aplaudió. Sus