POV: Zoé Dupont
Cruzar de nuevo las puertas de El Sagrario fue como chocar contra una pared estática. Pero esta vez, el hierro frío no pudo contenerme. La luz blanca que emanaba de mi vientre era tan intensa que los muros de la abadía vibraban, soltando chispas donde el metal intentaba absorber mi energía.
En el centro del salón, Lucien nos esperaba. Se veía demacrado, sus ojos humanos llenos de una angustia que se evaporó en el momento en que me vio.
—¡Zoé! —gritó, corriendo hacia mí.
Se detuvo a dos metros. Su rostro se contrajo por el dolor. La "pureza" que yo irradiaba era como ácido para sus sentidos de lobo, incluso estando él debilitado por el hierro.
—No te acerques demasiado, Lucien —le advertí, mi voz resonando con una fuerza que hacía temblar las lámparas—. El niño está... inquieto. No reconoce amigos, solo busca purificar el aire.
Lucien miró mi vientre con un temor reverencial. Ya no era solo su hijo; era una entidad que estaba reescribiendo las leyes de la naturaleza. Pe