Alejandro
I. El Error de Cálculo
El hospital de Zúrich se convirtió en el escenario de mi más grande error de cálculo. Había pasado diez años asegurando el Legado, blindando cada variable externa, hasta que la amenaza se redujo a la Nada. Y en esa Nada, mi Acero, exhausto por la perfección, había buscado una nueva función. No el placer, sino la validación de la existencia.
Cuando la Ceniza se acercó a mí en la sala de espera, su toque fue un cortocircuito. Durante una década, había codificado su cuerpo como territorio prohibido, una señal de advertencia constante. Ahora, esa señal se había encendido en un nivel de sobrecarga, liberando una oleada de datos sensoriales que mi cerebro, acostumbrado a los números fríos, no podía procesar. No era deseo; era la brutalidad de la conexión perdida.
La Ceniza, siempre la estratega, no se entregó al momento. Me besó con la precisión de quien prueba un nuevo protocolo. Su boca era fría, pero la sensación abrumadora. Sentí el pulso de su vida, una