Alejandro
El aterrizaje en Asunción fue un ejercicio de control. Mientras la aeronave de la Corporación Cifuentes descendía a través del aire espeso y húmedo de Paraguay, sentía el calor del desprecio quemando mi piel. Mi esposa, mi creación, me había arrastrado al inframundo.
Estábamos a trescientas millas de Ciudad del Este. Una distancia prudencial para mantener la fachada de que estaba dirigiendo la "búsqueda legal" del heredero en la capital, mientras mi verdadero equipo trabajaba en la sombra, en la Triple Frontera.
Apenas pisé tierra, entré en el centro de operaciones improvisado en un hotel de lujo, un oasis de cristal y mármol en medio del caos de la capital paraguaya. Romero y Fuentes me esperaban, sus rostros reflejando la devastación del último informe.
—Alejandro —Fuentes se adelantó, su voz tensa—. El I-17 fue un dardo. Esto es un cuchillo.
—Dame el informe, Fuentes. Sin florituras.
—El plan de Protocolo Hades funcionó perfectamente durante tres horas. La noticia de los