Isabella
El aire de Ciudad del Este era un golpe constante de humedad caliente, polución y el ruido estridente de una ciudad que nunca dormía. Había llegado al inframundo, y el inframundo me dio la bienvenida con el hedor de la anarquía y el contrabando.
La casa de seguridad que Jara había dispuesto era poco más que un bloque de concreto en un callejón sin pavimentar. Sin lujos, sin fachada. Perfecta. Lejos de las tiendas de electrónica que servían como fachada para el lavado de dinero de los carteles, esta era una zona residencial precaria, donde nadie preguntaba quién eras, solo cuánto pagabas.
Jara, el ex-militar paraguayo, había tomado mi dinero con una avaricia tranquila. Su lealtad era puramente transaccional. En la Triple Frontera, el dinero no garantizaba la lealtad; solo compraba tiempo.
La Frágil Ilusión de la Normalidad.
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde mi llegada, cuarenta y ocho horas robadas al tiempo de Alejandro. Este lapso de relativa calma me permitió hacer