Isabella
El Túnel Seis era el infierno destilado.
El aire era un espeso caldo de cieno, gases de alcantarillado y el olor dulzón de la marihuana barata. No había espacio para caminar erguida. Me movía en una semi-cuclillas, con la cabeza rozando el techo de concreto húmedo. Mis pies resbalaban en el limo pegajoso. El ruido del contrabando—pasos apresurados, susurros guturales en guaraní y portugués—era un latido constante de miedo. .
Llevaba a Adrián atado a mi pecho con una vieja bufanda de lana. Su respiración, suave y uniforme, era mi única medición del tiempo y de la cordura. La bolsa de lona con los diez millones de dólares en efectivo (el 10% restante de mi capital) colgaba pesada y traicionera de mi hombro.
Había pasado solo una hora desde que Jara me dejó en la boca de la alcantarilla en Ciudad del Este. Una hora que se sentía como un siglo de arrastrarse. La debilidad post-parto era una sentencia. Mis músculos abdominales, recién cosidos por el Dr. Morales, gritaban en protes