Alejandro
El sol italiano se filtraba a través de los cristales blindados de la villa en Como, a las afueras de Milán. El ambiente era de una calma artificial, el tipo de paz que precede a un asesinato. Había dispuesto mi centro de operaciones en el corazón de lo que yo creía que sería mi campo de victoria: Europa.
Me encontraba de pie frente a una mesa de caoba que, irónicamente, había sido un regalo de bodas de David Monteverde. Estaba cubierta de mapas legales, diagramas de flujo y el dossie