Isabella
El motor del camión rugía como un animal moribundo, devorando kilómetros de asfalto roto que nos alejaba de la tranquilidad helada de la Patagonia. Habíamos cambiado de vehículo tres veces en menos de veinticuatro horas, cada cambio un riesgo calculado que Viktor gestionaba con la fría eficiencia de un sepulturero. Ya no estábamos en Argentina; habíamos cruzado a Uruguay, y la humedad del aire me golpeaba como un paño caliente, un presagio de la selva que se avecinaba.
Mi cuerpo era un