Isabella
El motor del camión rugía como un animal moribundo, devorando kilómetros de asfalto roto que nos alejaba de la tranquilidad helada de la Patagonia. Habíamos cambiado de vehículo tres veces en menos de veinticuatro horas, cada cambio un riesgo calculado que Viktor gestionaba con la fría eficiencia de un sepulturero. Ya no estábamos en Argentina; habíamos cruzado a Uruguay, y la humedad del aire me golpeaba como un paño caliente, un presagio de la selva que se avecinaba.
Mi cuerpo era un collage de dolor. El parto había dejado una cicatriz invisible, una debilidad que me impedía la velocidad y la acción que mi mente demandaba. Tenía que confiar en Viktor para la supervivencia física y en mi intelecto para la supervivencia estratégica. Me aferraba a Adrián, su presencia un peso constante y dulce sobre mi pecho, el ancla que me impedía ceder a la fatiga. Cada vez que abría mis ojos somnolientos y me miraba, el miedo se disipaba. Él era la única Permanencia que existía ahora.
—Est