Isabella
El camino de tierra que serpenteaba a través de El Bolsón era un infierno para mi cuerpo. Cada bache era una punzada en mi abdomen recién parido. Viktor conducía el viejo todoterreno con una pericia silenciosa, pero el miedo era una niebla densa dentro del vehículo. Nos habíamos movido durante diez horas, en un circuito que evitaba el asfalto.
Adrián dormía acunado contra mi pecho, su respiración suave era lo único que me impedía desplomarme. El dolor físico era un precio que yo aceptaba; era una distracción bienvenida de la certeza aplastante de que Alejandro estaba cada vez más cerca.
Finalmente, llegamos a una choza de madera aislada. No era un refugio lujoso; era un escondite de traficantes de baja monta que Viktor conocía. No tenía calefacción central, solo una estufa de leña, pero la ausencia de ventanas orientadas a la carretera principal era su mayor activo.
Una vez dentro, envuelta en tres capas de ropa gruesa, puse a Adrián en un moisés improvisado. Mi misión era in