Isabella
El camino de tierra que serpenteaba a través de El Bolsón era un infierno para mi cuerpo. Cada bache era una punzada en mi abdomen recién parido. Viktor conducía el viejo todoterreno con una pericia silenciosa, pero el miedo era una niebla densa dentro del vehículo. Nos habíamos movido durante diez horas, en un circuito que evitaba el asfalto.
Adrián dormía acunado contra mi pecho, su respiración suave era lo único que me impedía desplomarme. El dolor físico era un precio que yo acepta