Alejandro
La pantalla táctica en mi oficina parpadeaba en un frenesí de alertas, un mapa global que ahora reflejaba el caos que yo había diseñado. Los puntos azules, que representaban los activos congelados de David Monteverde, estaban en un estado de desintegración total. Los puntos verdes, el capital de Aurora Ventures desviado por Elías Moreau, parpadeaban en una cadena compleja que terminaba en la wallet de Dubái.
El aire olía a la victoria agridulce. El precio había sido alto: la credibilidad de mis socios chilenos, la integridad de mi holding principal, y la vida útil de mi mejor hacker de defensa (Moreau, ahora un fantasma). Pero los daños colaterales eran irrelevantes. Lo único que importaba era la respuesta de Isabella.
—Alejandro, hemos interceptado la línea de bajo nivel —anunció Sergio Romero, el CSO, con la voz ahogada por la tensión—. El mensaje final.
Hice un gesto con la mano para que lo proyectara en la pantalla central. El texto simple y directo era un disparo en la