Capítulo 51

Alejandro

El silencio de mi oficina en Santiago era el único lujo que me quedaba. El I-17 había cortado el ruido mediático, reemplazándolo por un coro de susurros venenosos en los foros financieros. La reputación no se destruye con un artículo; se pudre con la duda. Y el I-17 era la prueba de la putrefacción.

Estaba sentado frente a mi red de nueve monitores, un centro de mando improvisado desde mi regreso de Bariloche. El olor a ozono quemado, cortesía de las líneas cifradas trabajando al máximo, era mi nuevo perfume. .

La Farsa de la Lealtad.

Uno de los monitores mostraba la repetición del comunicado de prensa de David Monteverde, mi suegro. Él estaba en el podio, impasible, con la corbata impecablemente anudada, el rostro de la estabilidad.

—Esto es una cuestión familiar, un asunto privado de divorcio, magnificado por la histeria sensacionalista. Mi apoyo a Alejandro Cifuentes y a la Corporación es incondicional. No hay ni habrá riesgo en nuestra asociación…

Lo detuve. El discurso
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