Capítulo 51

Alejandro

El silencio de mi oficina en Santiago era el único lujo que me quedaba. El I-17 había cortado el ruido mediático, reemplazándolo por un coro de susurros venenosos en los foros financieros. La reputación no se destruye con un artículo; se pudre con la duda. Y el I-17 era la prueba de la putrefacción.

Estaba sentado frente a mi red de nueve monitores, un centro de mando improvisado desde mi regreso de Bariloche. El olor a ozono quemado, cortesía de las líneas cifradas trabajando al máxi
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