Alejandro
El silencio de mi oficina en Santiago era el único lujo que me quedaba. El I-17 había cortado el ruido mediático, reemplazándolo por un coro de susurros venenosos en los foros financieros. La reputación no se destruye con un artículo; se pudre con la duda. Y el I-17 era la prueba de la putrefacción.
Estaba sentado frente a mi red de nueve monitores, un centro de mando improvisado desde mi regreso de Bariloche. El olor a ozono quemado, cortesía de las líneas cifradas trabajando al máxi