Isabella
La primera luz del amanecer se filtraba por la única ventana de la cabaña, un rectángulo de madera astillada que apenas detenía el frío. No era el resplandor cálido de la mañana; era la luz dura y sin piedad de la verdad.
Mi cuerpo era un campo de batalla. La agonía del parto, la fatiga de la fuga a pie por la montaña, y el vacío de la desesperación se habían fusionado en un dolor sordo y constante. Mi abdomen se sentía blando y pesado. Cada pequeño movimiento era una tortura, un recor