Capítulo 49

Isabella

La primera luz del amanecer se filtraba por la única ventana de la cabaña, un rectángulo de madera astillada que apenas detenía el frío. No era el resplandor cálido de la mañana; era la luz dura y sin piedad de la verdad.

Mi cuerpo era un campo de batalla. La agonía del parto, la fatiga de la fuga a pie por la montaña, y el vacío de la desesperación se habían fusionado en un dolor sordo y constante. Mi abdomen se sentía blando y pesado. Cada pequeño movimiento era una tortura, un recordatorio de que mi cuerpo, la máquina perfecta de Alejandro, había sido usado para su propósito más primal y ahora estaba roto, débil.

Pero entre ese dolor, había un calor.

Adrián.

Dormía profundamente a mi lado, envuelto en una de las mantas de lana que el Dr. Morales había dejado. Su presencia era la única certeza en el caos. Su piel olía a leche y a vida, un aroma que anclaba mi alma a la realidad. No era el heredero de Alejandro Cifuentes; era mi hijo. Era el Fénix.

Me levanté ligeramente, ap
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