Isabella
El olor a madera húmeda y a humo de leña se mezclaba con el aroma metálico de la sangre. La cabaña, rústica y oscura, era la antítesis de la suite insonorizada donde Alejandro había planeado que naciera su heredero. Yo no tenía sábanas de seda; solo una pila de mantas sucias sobre un camastro crujiente y la fría presencia de la supervivencia.
El Dr. Morales, un hombre sin licencia y con manos firmes, era la única persona que me miraba sin juicio. Viktor, mi conductor, se había retirado al porche, custodiando la entrada con una escopeta y un miedo palpable a Cifuentes.
La agonía era una marea que me arrastraba y me devolvía a la orilla, pero me negué a gritar. Cada contracción era un recordatorio físico de mi propósito: este dolor era el precio de la libertad, y yo lo pagaría en silencio. Alejandro me había adiestrado para soportar el dolor físico; ahora debía aplicarlo para derrotarlo.
—Puja, Liana —ordenó Morales, su voz un susurro autoritario. Había insistido en llamarme po