Isabella
El olor a madera húmeda y a humo de leña se mezclaba con el aroma metálico de la sangre. La cabaña, rústica y oscura, era la antítesis de la suite insonorizada donde Alejandro había planeado que naciera su heredero. Yo no tenía sábanas de seda; solo una pila de mantas sucias sobre un camastro crujiente y la fría presencia de la supervivencia.
El Dr. Morales, un hombre sin licencia y con manos firmes, era la única persona que me miraba sin juicio. Viktor, mi conductor, se había retirado