Alejandro
El silencio fue lo primero que me golpeó, un silencio denso y antinatural que devoraba el aire. Mi cuerpo se sentía pesado, la conciencia luchando por ascender a través de una niebla viscosa que no reconocí. Nunca me había costado despertar. Mi mente, mi mayor activo, era un reloj suizo, calibrado para reaccionar al menor cambio en mi entorno.
Algo estaba mal.
Abrí los ojos. El reloj digital marcaba las 4:17 a.m. Había dormido apenas cinco horas. La dosis de mi somnífero, que normalmente me garantizaba seis horas de sueño ligero, parecía haber sido multiplicada. Mi mandíbula estaba tensa, mis músculos relajados de una forma que odié.
Me levanté de golpe, sintiendo el vacío helado en el espacio junto a mí. El edredón de seda negra no se había movido, ni siquiera estaba tibio. Isabella no estaba.
—Isabella —llamé, mi voz sonando ronca, extraña.
Me dirigí al baño. Vacío. El vestidor. Vacío. Un rastro de su perfume permanecía en el aire, pero era un rastro fantasmal, la nota fin