Isabella
Ocho meses y tres semanas. El sol se ponía sobre Santiago tiñendo el ventanal del búnker de un naranja sucio, reflejando el caos de mi alma. Esta noche, o nunca. Mi hijo no nacería aquí, entre paredes de concreto y el eco de las mentiras de su padre. Yo había sido la presa perfecta, pero mi hijo sería libre.
Alejandro estaba eufórico. Había pasado todo el día destruyendo los últimos vestigios del clan de Frankfurt, asegurando un nuevo monopolio en la distribución de energía en el sur.