Isabella
El rugido del motor bajo el capó blindado era la única banda sonora de mi nueva vida. Las luces de la ciudad de Santiago se achicaban en el espejo retrovisor, consumidas por la oscuridad de la madrugada. Habían pasado casi tres horas desde que dejé a Alejandro durmiendo —un sueño que yo había envenenado— y cada kilómetro recorrido se sentía como una respiración más profunda. No era solo la distancia física lo que me separaba de él; era un abismo de mentiras y la asfixiante verdad del archivo I-17.
Sentía un frío punzante en el estómago que nada tenía que ver con la temperatura exterior. Era la conciencia de la traición y la magnitud del riesgo. Yo había sido su creación, su Fénix pulido, y ahora era su némesis. Él no me perdonaría, no porque le hubiera robado activos, sino porque había destrozado su perfecta ilusión de Permanencia.
Conduje yo misma. No podía confiar en nadie más. La ruta a Puerto Varas era larga, ardua, y mis músculos gritaban por el esfuerzo y la tensión acu